El Recovery Coaching tiene sus raíces en el movimiento de recuperación de adicciones que surgió a mediados del siglo XX...
Inicialmente, los programas de apoyo se centraban en el acompañamiento entre pares, donde personas que habían superado sus propias dificultades ayudaban a otros a iniciar su proceso de recuperación.
Con el tiempo, este enfoque evolucionó y se formalizó en el rol de Recovery Coach, especialmente en Estados Unidos, donde se empezó a reconocer la importancia de contar con profesionales que hubieran atravesado por experiencias similares y formación específica para guiar a las personas hacia la estabilidad y la autonomía.
A partir de los años 80 y 90, se profesionaliza este rol y surgen formaciones específicas para Recovery Coaches, que combinan sus vivencias con técnicas de coaching y habilidades de intervención psicosocial.
En la actualidad, el coaching de recuperación se ha expandido a otros ámbitos más allá de las adicciones, como la salud mental y la reintegración social. Los Recovery Coaches combinan sus conocimientos y habilidades con herramientas de coaching para acompañar a sus clientes en el establecimiento de metas, la toma de decisiones y el fortalecimiento de sus propios recursos personales. Así, el modelo ha ido ganando reconocimiento internacional por su capacidad de empoderar y transformar vidas.
En España y otros países europeos, el modelo está en plena expansión y adaptación, integrando buenas prácticas y colaborando con servicios públicos y organizaciones sociales para ampliar el acceso y el impacto de este tipo de acompañamiento.
El coaching de recuperación se enfoca en ese difícil periodo de transición donde estamos en la Tierra de nadie, saliendo de una determinada adicción y tratando de construir una vida libre de dependencias. Puede ser útil para la recuperación de adicciones leves, moderadas o graves.
El recovery coaching ocupa un lugar complementario y específico dentro del abanico de recursos disponibles para una persona en proceso de recuperación de una adicción. A diferencia de la intervención médica y psicológica, que se centran en el diagnóstico, la gestión física y farmacológica de la adicción, el recovery coaching se orienta hacia el acompañamiento práctico, el desarrollo de habilidades para la vida diaria y el fortalecimiento de la motivación y la responsabilidad personal.
Este tipo de coaching ayuda a la persona a establecer objetivos concretos, mantener el compromiso con su proceso y afrontar los desafíos cotidianos que surgen tras dejar la conducta adictiva. No sustituye la atención médica ni psicológica, pero sí aporta una perspectiva de acción, autoconocimiento y empoderamiento, facilitando la integración de los aprendizajes terapéuticos en la vida diaria. Por tanto, el recovery coaching se sitúa como un recurso que enriquece y refuerza el proceso de recuperación, trabajando en sinergia con otros apoyos profesionales y personales si los hubiera.
El coaching transpersonal comenzó a desarrollarse como disciplina independiente a finales de la década de los 1990 y principios de los años 2000, aunque sus raíces se encuentran en los trabajos de la psicología transpersonal que surgieron en los años 60 y 70. Inspirado por figuras como Stanislav Grof y Abraham Maslow, el coaching transpersonal integra principios de crecimiento personal y espiritualidad, buscando acompañar a las personas en procesos de autodescubrimiento y transformación profunda.
En el siguiente texto podrás descubrir como influye la dimensión espiritual en los procesos de recuperación.
La espiritualidad es una dimensión del ser humano que se refiere a la búsqueda de sentido, propósito y conexión con algo más grande que uno mismo. No necesariamente implica una afiliación religiosa, sino que abarca el anhelo de trascendencia, la exploración de valores profundos y la experiencia de plenitud interior.
El reconocimiento de la dimensión espiritual en la recuperación de adicciones comenzó a cobrar relevancia a mediados del siglo XX, especialmente con la aparición de los programas de los Doce Pasos desarrollados por Alcohólicos Anónimos (AA) en la década de 1930. Este enfoque supuso una revolución en el tratamiento de las adicciones, ya que, por primera vez, se propuso que la recuperación no solo debía centrarse en el aspecto físico y psicológico, sino también en la dimensión espiritual del individuo. La idea de que la adicción era una enfermedad que afectaba al ser en su totalidad, incluyendo su sentido de propósito y conexión trascendente, permitió abrir el camino a modelos terapéuticos más integradores.
La esfera espiritual juega un papel fundamental en la recuperación de una adicción, ya que ofrece un marco de sentido y orientación más allá de lo puramente físico o psicológico. Integrar la espiritualidad en el proceso terapéutico permite a la persona reconectar con sus valores, su propósito de vida y experimentar una sensación de pertenencia y trascendencia. Esta búsqueda de significado puede llenar el vacío existencial que, en muchos casos, está en el origen del comportamiento adictivo, proporcionando una base sólida para mantener la motivación y el compromiso con la recuperación.
A lo largo de las décadas siguientes, distintos profesionales de la salud mental y la psicología, como Carl Jung y posteriormente figuras de la psicología transpersonal como Stanislav Grof, profundizaron en la importancia de la espiritualidad como un recurso esencial para el proceso de sanación. El auge del movimiento transpersonal en los años 60 y 70 consolidó la idea de que la búsqueda de significado, la conexión con algo más grande que uno mismo y la integración de experiencias espirituales podían ser claves para la recuperación duradera de la adicción. Esta visión continúa evolucionando y es ampliamente reconocida en la actualidad como un pilar fundamental en muchos enfoques terapéuticos.